Las primeras pedaladas de Dori Ruano

 En Habla el Experto

La ciclista Dori Ruano, que en una reciente entrevista nos contó como se protege de los efectos nocivos de los radiaciones UV trabajando siempre al sol, ha accedido a colaborar con Heliocare para contarnos sus inicios sobre la bici en la preciosa provincia de Salamanca que la vio nacer. Esperamos que disfrutéis de su lectura tanto como nosotros:

 

Las primeras pedaladas de mi vida las recuerdo subiendo la cuesta más alta del pueblo donde nací, Villamayor. Mi obsesión en bicicleta, desde pequeña, era ascender todos los repechos que se ponían en mi camino. Cuando comienzo mis primeros entrenamientos serios, allá por los años 88-89, ya había coronado todas las subidas que se encontraban cercanas a Salamanca (aunque he de decir que tampoco eran tantas, puesto que los alrededores de la ciudad son prácticamente llanos).

 

Mi relación íntima con las montañas y mis entrenamientos me llevaron a conocer la Sierra de Francia y la Sierra de Béjar, situadas al sur de la provincia de Salamanca. Además, en el año 1990, descubrí la bicicleta de montaña (B.T.T) en el Campeonato del Mundo de Japón de carretera. Este tipo de bicicleta ya tenía un hueco en el mencionado país, y decidí traerme una para España. Conseguí meterla en mi equipaje junto con la de carretera. Fue el mejor descubrimiento que pude hacer para el entrenamiento invernal, esa parte del año en la que el ciclista de carretera desconecta de las competiciones y se dedica a poner la base de la preparación física general. En el caso de las mujeres, esta etapa aún se hacía más larga, puesto que en aquella época nosotras terminábamos la temporada de competición en octubre y no comenzábamos la siguiente hasta el mes de marzo. La bici de montaña, por tanto, era ideal para mí y para el lugar donde vivía (Salamanca). En esta zona los inviernos son largos y fríos, lo cual hace que salir con la bici de carretera suponga un sufrimiento agotador.

 

Fue en aquella época donde conocí a fondo las sierras de Salamanca: la de Béjar y la de Francia, el paraíso terrenal para la B.T.T y para mí. Sus cuestas interminables y sus parajes desconocidos hacían que mi interés por la bici de montaña aumentara en cada salida que hacía. Al principio acudía todos los fines de semana. Cogía mi coche y, después de 70 kilómetros, bajaba mi bicicleta. Con los mapas del ejército (antiguamente no teníamos los relojes con GPS actuales) hacía la ruta que me había planificado durante la semana, dedicándome a llegar a cada pico que encontraba en el camino. Muchas veces tenía que bajarme de la bici y subir andando, porque el camino o sendero tocaba a su fin y no podía seguir montada. Mis salidas con la bici de montaña no bajaban de las tres horas, llegando hacer ocho el día más largo, cargada con mi mochila y la comida.

 

Para mí no se trataba de un entrenamiento, sino que era salir a olvidarme de que existía el mundo. Las sensaciones que recuerdo de aquellos momentos son imborrables: el aire en la cara, el silencio que se rompía con el agua de los riachuelos, los pájaros que escapaban a mi paso y los diferentes animales que huían entre las hierbas por el roce de los neumáticos de la bicicleta. Las primeras veces iba sola, pero poco a poco fui encontrando compañeros de rutas y de entrenamientos. Y, como en todo en la vida, muchos me te tenían por loca. No obstante, con el paso del tiempo, las cosas cambiaron, y hoy es posible encontrar numerosos grupos de ciclo-turistas haciendo las rutas que por aquel entonces me tenían embelesada. A medida que iban pasando los años, no me conformaba con ir los fines de semana, sino que me iba también un día de diario, generalmente los miércoles o los jueves, según el día que tuviera entrenamiento de resistencia o de fondo, como decimos los ciclistas.

 

Cuando el grupo de entrenamiento se hizo numeroso vimos que en Valero, un pequeño pueblo de la Sierra de las Quilamas, una de nuestras mejores amigas (Nely la triatleta) tenía una casa rural, que poco a poco fuimos adoptando como nuestro “cuartel general”, el lugar de entrenamiento. Al principio nos íbamos los fines de semana, y con el tiempo llegamos a pasar temporadas y semanas enteras allí. Entrenábamos duro. Unos íbamos con bici de montaña, y los otros, los que no disponían de ella, hacían carretera. Otros días la emprendíamos con el senderismo. Había fines de semana que en los que empleábamos 15 horas en entrenar al aire libre. Había un recorrido al que yo le tenía especial aprecio. Lo denominábamos “vuelta al castillo”, y cruzaba la Sierra de las Quilamas. Algún fin de semana de estos salvajes la hacíamos dos veces: un día, caminando (de siete a ocho horas), y, al día siguiente, con la bici de montaña (entre tres horas y tres horas y media).

 

Ahora que ya estamos todos introducidos en el maravilloso mundo de la bici de montaña, os recuerdo que en todo entrenamiento al aire libre es indispensable protegerse adecuadamente la piel con un fotoprotector adecuado y os invito a que en mi próxima entrada recorramos la “vuelta al castillo” (también llamada “vuelta a las Quilamas) desde mi blog, para así poder conocer un poquito más a fondo estos paisajes de la sierra de Salamanca, prácticamente desconocidos y con un innegable encanto paisajístico.

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